sábado, 25 de agosto de 2012

Nuevas expresiones de gorilismo. Hoy: Prohibir la cumbia en el colectivo

Seguimos con las nuevas expresiones de gorilismo, actualizadas al Siglo XXI. En este caso, la novedad vino desde San Juan: prohibirán escuchar música sin auriculares en los colectivos. No es cierto que el gorilismo esté sólo en Capital, esto nos demuestra que existe en todo el país.
El fenómeno de la música fuerte en el colectivo, fuente de
crispación gorila
El fenómeno de los chicos que escuchan música fuerte (generalmente cumbia y reggaetón) es interesantísimo y se viene comentando hace rato. Aquí lo tenemos a Mario Mactas en orgía goligárquica quejándose de que la cumbia no es música. Bien decía Dante Palma, lo que le molesta no es la cumbia, sino la gente que escucha cumbia. Esta medida es aplaudida por la patética clase media gorila, que pide que sea adoptada por Scioli y Macri. Y parece que su deseo será concedido. En La Plata lo quieren hacer y, como era de esperarse, el PRO recogió el guante y plantea hacerlo en la Ciudad de Buenos Aires también. No sorprende. Sólo hace falta agarrar cualquier comentario al azar de Infobae para observar el racismo y odio de clase que los lleva a aplaudir la iniciativa. Pero de aquel video, no discutamos con Mario Mactas, es más interesante centrarnos en María Pía López, que dice en 678 que se siente “invadida” cuando escucha música fuerte por la calle. Aunque por responderle a Mactas se refiere particularmente a los autos con música fuerte y no a la música en un transporte público, un fenómeno distinto. No resiste al análisis lo de Mactas, que representa a esos que en realidad lo que les jode es ver que en esta Argentina "esos negros" tienen un celular cada uno (¡algunos hasta tienen un Blackberry!) y encima tienen el tupé de no guardarse esa "horrorosa cumbia" para ellos. Pero no todos los que apoyan la medida lo hacen por esas razones. También está lo que alega la compañera María Pía, que no sabemos si estaría o no a favor de una prohibición (supongo que no), pero lo que sirve es su argumento, que podemos extrapolar a este caso por razones analíticas. Es más interesante para debatir y además, como la conocemos, sabemos que no proviene de un racismo o gorilismo. Es verdad que hay una invasión, se produce un conflicto en el caso de la música fuerte en un transporte público, pero operan muchas cuestiones en ese fenómeno. Hagamos un análisis fino entonces.
Lo primero que hay que hacer es plantear la auto-reflexividad, como diría Bourdieu: ¿Por qué nos molesta lo que nos molesta? ¿Por qué nos quejamos del pibe que se sube escuchando música antes que el bocinazo fácil que tenemos los argentinos, y muy especialmente los porteños? Existe una construcción social del gusto, como dice Bourdieu, y estos expresan una ubicación estructural que produce legitimaciones (por “prestigio social”) a algunas manifestaciones culturales y a otras las deslegitima. La cumbia es una expresión popular de clases sociales subalternas que no gozan esa legitimación. Claro que todas las clases sociales escuchan cumbia, pero no es la misma práctica social que opera cuando la escucho yo (alguien de clase media) que cuando la escucha alguien de clase baja. Las prácticas y las pertenencias sociales que se ponen en juego son distintas. En el caso de las clases bajas, escuchan cumbia porque la sienten su música, expresan su subalternidad, y es una rueda de auxilio de alegría para una vida dura y de penurias. Yo me pregunto cada vez que empieza a molestarme demasiado la música fuerte: ¿Me molestaría igual si los chicos subieran escuchando Pink Floyd en el celular en vez de reggaetón? ¿Por qué me gusta Pink Floyd y no el reggaetón? ¿Podría sostenerse que una música es mejor que otra? Así volvemos a la construcción social del gusto y su legitimación que desarrolla Bourdieu en sus trabajos. 
Otra pregunta igual de interesante es: ¿Qué expresan estos chicos que, a pesar de que cada uno tiene un celular, se van turnando para pasarse música y escucharla en comunidad aunque la música en un celular se escucha decididamente mal? Caractericemos un poco más el fenómeno, porque ha cambiado a través de los años. Antes veías muchos chicos en grupo. Uno sólo tenía el celular, y de ahí escuchaban. Después de tantos años de crecimiento económico, ahora ya tienen cada uno un celular, y se van turnando para elegir una canción, escuchan música en grupo, ¿Y por qué no habrían de hacerlo así? Adhiero a la idea de que las clases populares son menos individualistas que las medias y altas, porque esto también es una expresión cultural de una situación estructural. Las clases bajas llevan esa práctica comunitaria a cada lugar que van, porque lo maman desde chicos: se crían en cercanías, a veces hasta hacinados. No tienen cada uno su cuartito como tienen algunos la suerte de tener, y por lo tanto, no respiran esa individualidad que lleva a naturalizar que se deba utilizar auriculares para escuchar música. Y no podemos naturalizar algo que podría ser tranquilamente de otra manera. Es una construcción arbitraria: ¿Por qué todos tenemos que ir cada uno con celular y auriculares? ¿Quién lo dice? ¿Sony? ¿Por qué cada uno por su lado, aislado y sin romper esa "normalidad" fría y aséptica?
Pero vayamos al caso más complejo: el chico ya no en grupo, sino sólo, que sube con un celular y escucha música fuerte en el bondi. Escuchar cumbia fuerte es una expresión popular, aunque a veces no sea consciente, es una resistencia, que va contra la moral y las buenas costumbres. En el post anterior hablamos de las conductas esperables, ese deber ser que se le busca imponer a las clases bajas, generalmente sin éxito, porque suele producirse un choque cultural, una incompatibilidad. Aquí se esboza algo similar.  Aunque no hay una conciencia de clase entendida de la forma marxiana, sí se expresa la diferencia con un Otro. Quiero decir que no es el Otro en referencia a la posición frente a los medios de producción, pero sí a una pertenencia cultural a un grupo social: escuchar música en auriculares es de cheto. Se lo asocia a la tristeza, al ostracismo. ¿Por qué tenemos que, a la fuerza, imponer nuestras prácticas culturales?¿Por qué un grupo siempre quiere “civilizar la barbarie” con la coacción y la represión? Ya las clases populares, tristemente, han sido amansadas bastante, tras tantos años de exclusión, represión y humillación. Basta. A la pequeña muestra de auto-estima que es decir “acá vengo yo, tengo mi celular y lo puedo escuchar fuerte aunque no te guste mi música”, ante esa mojadita de oreja de las clases populares a las medias ya se gesta la idea de reprimir. Es llamativo, porque tengamos en cuenta que esta medida encuentra apoyos en todos los sectores ideológicos de la clase media. Rebalsa la pertenencia ideológica, porque no se alcanza a ver un trasfondo cultural más profundo que opera subterráneamente.
Es un pequeño gesto de resistencia ante una moral de buenas costumbres burguesas, y por eso es una expresión interesante. No es mucho, pero es un comienzo. Estemos atentos a estos discursos de represión. Y no dejemos que se apague esa llama, esa irreverencia popular de la que hablamos en el post anterior sobre las formas de ser del pueblo argentino.
Si no te gusta su música, preguntate porqué. Y si te sigue molestando, bancatela. Si no te gusta ponete vos los auriculares, ¿por qué obligarlos a ellos? Y si no tenés auriculares a mano, ponete tapones, hacé lo que quieras pero basta ya de represión. Es mucho mejor el diálogo entre culturas (sin paternalismos o demagogia claro, pero sin soberbia y mucho menos coacción), que la imposición de una sobre la otra. Y sino puede haber ese diálogo, como dijeron los Beatles: let it be.

sábado, 18 de agosto de 2012

Nuevas expresiones de gorilismo. Hoy: Susana Viau

El gorilismo es siempre un elitismo que, montado sobre prejuicios, mira por encima del hombro a las clases populares, con soberbia y reprobación.
Como reacción a nuevos fenómenos que produce la realidad argentina se observan interesantes expresiones de gorilismo, que si bien son nuevas, manifiestan una continuidad o una actualización de discursos que circulan hace años en parte de la sociedad. Por ejemplo, prohibir que los chicos se suban al colectivo escuchando sin auriculares la horrosa cumbia, como quieren hacer en San Juan. Otras son menos novedosas, como el caso de la columnista de Clarín, Susana Viau.
Víctor Hortel y Vatayón Militante junto a la Murga del Penal de
Marcos Paz, cosas que crispan a Susana Viau
Desde las páginas del oligopolio manchado de sangre, Viau se monta sobre autores anarquistas (que ante tal burda utilización, pobres, no pueden defenderse, sólo les queda revolcarse en su tumba) como Kropotkin para destilar asco por las expresiones populares argentinas. Esto lo hace en el marco del rechazo que le da que los peronistas seamos quienes expresamos el progresismo en el país, y por eso rechaza el trabajo de Vatayón Militante para la reinserción social de los presos. Algo que si lo habría hecho una fuerza no peronista, quizás hubiese aplaudido. Pero como lo hacen los kirchneristas/peronistas, lo aborrece. Primero nos aclara que esto del activismo político en las cárceles no lo inventó el kirchnerismo (¿Alguien lo había sostenido? ¿Alguien quiso cobrar por los derechos de una idea tan novedosa?) y utiliza despectivamente la palabra "murguero". La idea principal de Viau está en este párrafo: "Para los anarquistas, la redención del delincuente era fruto de su descubrimiento de la libertad, de los ideales de justicia, solidaridad, igualdad y cultura. Para enseñarlo, ni se mimetizaban, ni adoptaban su lenguaje ni celebraban sus códigos. Tampoco había entre ellos, presos políticos, y los otros, “presos sociales”, relaciones de subordinación. Esa es la diferencia con Hortel, un embajador del poder ante la clientela carcelaria, y sus amigos murguistas: quienes aceptan cobijarse bajo los estandartes del Vatayón Militante y de los de Negros de Mierda no sólo podrán traspasar el umbral de la prisión, también vivirán mejor dentro de sus muros. Privilegios que otorgan los “Vatayones militantes”, los que usan la “v” de “victoria, de vuelta, de valor, de voto, de vino, de verga, de vagina y de vida”; favores que obtienen los Negros de Mierda –la agrupación a la que pertenece Hortel—, orgullosa de pintar sobre las puerta de sus locales “aquí si se coge (sic)”."
Viau adolece de todo lo que alguna izquierda no puede resolver desde ya más de sesenta años: la diferencia entre un deber ser aplicado a obrero rubio europeo y el obrero negro argentino (y peronista). Comparar un contexto como el de fines de Siglo XIX en Rusia, con la Argentina del Siglo XXI parece irrisorio. ¿No ve diferencias entre ambos pueblos? ¿No cree Viau que las formas de abordar cuestiones tan problemáticas pueden y deben ser diferentes dado el salto espacio-temporal inmenso entre sus comparaciones? Ella podrá ironizar mucho diciendo: "Ni Réclus ni Malatesta fueron capaces de producir esas cumbres de la espiritualidad humana; Bakunin carecía de la fibra nacional y popular que permite disfrazarse de Hombre Araña. Qué se le va a hacer: eran gente sin alegría", pero eso no borra las distintas formas que tiene el pueblo de expresarse, comparado al europeo. Viau no puede resolver la distancia entre su ideal y la realidad, por eso aborrece ésta última y, como consecuencia, es una revolucionaria que escribe en el Grupo Clarín...
El 17 de octubre de 1945 el pueblo se expresó,
pero la izquierda anti peronista nunca comprendió
Y este es un mal crónico de la izquierda anti-peronista. Ya desde el 17 de octubre de 1945, los socialistas de la época no podían entender lo distinto que se manifestaba el pueblo argentino al ideal europeo. Ante lo festivo y desalineado del obrero argento estaba aquel europeo: disciplinado y solemne. Tomamos del trabajo de Daniel James sobre aquel 17 de octubre del '45, algunos pasajes que describen cómo veían los socialistas a los obreros peronistas en medio de la rebelión y pueblada: "Esos proletarios no cantaban himnos típicos de mítines obreros, como los del 1° de mayo, no marchaban bien encolumnados, ni obedecían reglas tácitas de la decencia y la contención cívicas. En lugar de ello, entonaban canciones populares, bailaban en medio de la calle, silbaban y vociferaban, y eran a menudo dirigidos por hombres a caballo vestidos de gauchos (...) Cubrían a su paso todo lo que veían con leyendas inscriptas con tiza (...) En suma, las multitudes del 17 de octubre carecían del tono solemne y dignidad característico que impresionaba como la decorosa encarnación de la razón y los principios." Y recoge también citas de cómo se los calificaba desde los diarios comunistas y socialistas: "Una horda, de una mascarada, de una balumba, que a veces degeneraba en murga", que en definitiva no podían ser obreros ("¿Qué obrero argentino actúa en una manifestación en demanda de sus derechos como lo haría en un desfile de carnaval?"), sino expresiones "lumpen". ¿No es igualito a lo que Viau todavía no puede aceptar?
El rechazo que le generan estas expresiones irreverentes a esta izquierda tan educadita, hace que se les escapen cuestiones culturales que podrían valorar, si tuvieran la capacidad de reconocerlas. James, con una mirada más atenta, señala allí donde la izquierda miope no lo ve, una resistencia: "Gran parte de ese comportamiento festivo y carnavalesco tenía que ver con lo que podría denominarse una forma de iconoclasia laica. Aplicado en este sentido, el término "iconoclasia", según los antropólogos designa la "destrucción política y deliberada de los símbolos sagrados con el propósito de suprimir toda lealtad a la institución que utiliza tales símbolos, y además de anular todo el respeto que se guardaba hacia la ideología difundida por tal institución." Dicho sea de paso: de allí el rechazo, por ejemplo, a las universidades ("Libros sí, alpargatas no") o que el Jockey Club fue uno de los blancos principales para el escrache popular ese día. Retomamos a James: "Si observamos con cuidado las formas que asumió la actuación pública (...) veremos que entrañaban la frecuente violación de instituciones, símbolos y normas que cumplen la función de transmitir y legitimar el prestigio social. (...) Al transgredir esas instituciones, blasfemar contra esos símbolos y escarnecer sobre las normas del decoro y la buena conducta, las multitudes de octubre estaban poniendo en evidencia la impotencia de dichas instituciones y negándoles autoridad y poder simbólico".
Si tomamos las costumbres de aquel obrero europeo y lo comparamos con el argentino, ¿se puede decir que hay una cultura mejor que otra? No lo sé, pero sí estoy convencido que no hay que negar la realidad y trabajar a partir de ella. Sin excesivo paternalismo, seguro, pero tampoco con esta soberbia, rayana en la repulsión por el pueblo al que pretendés salvar.  Qué le vas a hacer, Susanita, si les gusta la murga...
No hace falta, si tanto rechazo te produce, que nos vistamos de murgueros, pero sí dialogar con las tradiciones populares, porque si no, aunque te escudes en ironías y aunque te escudes en tu desencanto, te va a seguir doliendo saber que sos gorila.
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